miércoles, 20 de marzo de 2013


Es él, él.
Allí está de pie y mirándola. Su presencia anula de golpe los largos años baldíos, las horas, los días que el destino interpuso entre ellos dos, lento, oscuro, tenaz.
Te recuerdo, te recuerdo adolescente. Recuerdo tu pupila clara, tu tez de rubio curtida por el sol de la hacienda, tu cuerpo entonces, afilado y nervioso.

Fue en uno de aquellos locos mediodía, cuando, desde la cumbre de un haz, mi hermana me precipitó a traición sobre una carreta, desbordante de gavillas, donde tu venias recostado.
Me resignaba ya a los peores malos tratos o a las más crueles burlas, según tu capricho del momento, cuando reparé que dormías. Dormías, y yo, coraje inaudito, me extendí en la paja a tu lado, mientras guiados por el peón Aníbal los bueyes proseguían lentos un itinerario para mi desconocido.
Muy pronto quedó atrás el jadeo desgarrado de la trilladora, muy pronto el chillido estridente de las cigarras cubrió el rechinar de las pesadas ruedas de nuestro vehículo.
Apegada a tu cadera, contenía la respiración tratando de aligerarte mi presencia. Dormías, y yo te miraba presa de una intensa emoción, dudando casi de lo que veían mis ojos: ¡Nuestro cruel tirano yacía indefenso a mi lado!.
Aniñado, desarmado por el sueño, ¿me pareciste de golpe infinitamente frágil? La verdad es que no acudió a mí una sola idea de venganza.
Tú te revolviste suspirando, y, entre la paja, uno de tus pies desnudos vino a enredarse con los míos.
Y yo no supe cómo el abandono de aquel gesto pudo despertar tanta ternura en mí, ni por qué me fue tan dulce el tibio contacto de tu piel.


Atardecía cuando irrumpiste en el comedor. Yo me hallaba sola, reclinada en el diván, aquel horrible diván de cuero oscuro que cojeaba, ¿recuerdas?
Traías el torso semidesnudo, los cabellos revueltos y los pómulos encendidos por dos chapas rojizas.
-"Agua".ordenaste. Yo no atiné sino a mirarte aterrorizada.
Entonces, desdeñoso, fuiste al aparador y groseramente empinaste la jarra de vidrio, sin buscar tan siquiera un vaso.
Me arrimé a ti. Todo tu cuerpo despedía calor, era una brasa.
Guiada por un singular deseo acerqué a tu brazo la extremidad de mis dedos siempre helados. Tú dejaste súbitamente de beber, y asiendo mis dos manos, me obligaste a aplastarlas contra tu pecho.
Tu carne quemaba.
Recuerdo un intervalo durante el cual percibí el zumbido de una abeja perdida en el techo del cuarto.
Un ruido de pasos te movió a desasirte de mí, tan violentamente, que tambaleamos. Veo ahí tus manos crispadas sobre la jarra de agua que te habías apresurado a recoger.


(María Luisa Bombal)

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