Es él, él.
Allí está de pie y
mirándola. Su presencia anula de golpe los largos años baldíos, las horas, los
días que el destino interpuso entre ellos dos, lento, oscuro, tenaz.
Te recuerdo, te
recuerdo adolescente. Recuerdo tu pupila clara, tu tez de rubio curtida por el
sol de la hacienda, tu cuerpo entonces, afilado y nervioso.
Fue en uno de
aquellos locos mediodía, cuando, desde la cumbre de un haz, mi hermana me
precipitó a traición sobre una carreta, desbordante de gavillas, donde tu
venias recostado.
Me resignaba ya a los
peores malos tratos o a las más crueles burlas, según tu capricho del momento,
cuando reparé que dormías. Dormías, y yo, coraje inaudito, me extendí en la
paja a tu lado, mientras guiados por el peón Aníbal los bueyes proseguían
lentos un itinerario para mi desconocido.
Muy pronto quedó
atrás el jadeo desgarrado de la trilladora, muy pronto el chillido estridente
de las cigarras cubrió el rechinar de las pesadas ruedas de nuestro vehículo.
Apegada a tu cadera,
contenía la respiración tratando de aligerarte mi presencia. Dormías, y yo te
miraba presa de una intensa emoción, dudando casi de lo que veían mis ojos:
¡Nuestro cruel tirano yacía indefenso a mi lado!.
Aniñado, desarmado
por el sueño, ¿me pareciste de golpe infinitamente frágil? La verdad es que no
acudió a mí una sola idea de venganza.
Tú te revolviste
suspirando, y, entre la paja, uno de tus pies desnudos vino a enredarse con los
míos.
Y yo no supe cómo el
abandono de aquel gesto pudo despertar tanta ternura en mí, ni por qué me fue
tan dulce el tibio contacto de tu piel.
Atardecía cuando
irrumpiste en el comedor. Yo me hallaba sola, reclinada en el diván, aquel
horrible diván de cuero oscuro que cojeaba, ¿recuerdas?
Traías el torso
semidesnudo, los cabellos revueltos y los pómulos encendidos por dos chapas
rojizas.
-"Agua".ordenaste.
Yo no atiné sino a mirarte aterrorizada.
Entonces, desdeñoso,
fuiste al aparador y groseramente empinaste la jarra de vidrio, sin buscar tan
siquiera un vaso.
Me arrimé a ti. Todo
tu cuerpo despedía calor, era una brasa.
Guiada por un
singular deseo acerqué a tu brazo la extremidad de mis dedos siempre helados.
Tú dejaste súbitamente de beber, y asiendo mis dos manos, me obligaste a
aplastarlas contra tu pecho.
Tu carne quemaba.
Recuerdo un intervalo
durante el cual percibí el zumbido de una abeja perdida en el techo del cuarto.
Un ruido de pasos te
movió a desasirte de mí, tan violentamente, que tambaleamos. Veo ahí tus manos
crispadas sobre la jarra de agua que te habías apresurado a recoger.
(María Luisa Bombal)
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