miércoles, 20 de marzo de 2013


Fragilidad.

Vestía lencería fina, adquirida en alguna liquidación de tiendas que ofrecían productos de final de temporada, quizás de primavera por las flores estampadas que tenía el conjunto.

La focalización cero parecería servir en estas ocasiones pero la verdad, a veces uno como narrador quisiera saber ciertas cosas y dejar en silencio o más bien, no saber otras.

Era imposible no mirar a través de sus ojos enrojecidos los triviales pensamientos que quitaban espacio a lo que realmente merecía la pena abarcar. Trastabillando daba vueltas cual alma errante por la casa, haciendo, deshaciendo, dejando inconcluso todo.

Debía recoger la ropa de la lavandería, ir a ordenar los archivos pendientes de accidentes que había dejado en la oficina de seguros. ¡Debía hacer un millón de cosas!, lavar platos, hacer la cama, doblar la ropa, alimentar a Elvis -que corría por ahí moviendo la cola-, trapear el comedor, resucitar las ganas de vivir, cocinar para cuando llegara Samuel… - ¡Samuel! De sólo pensar en el nombre, en su rostro sosegado; le venían esas profundas ganas de llorar por ese dolor lacerante que le acechaba el corazón como animal salvaje. ¡Su vientre, su vientre fértil había disminuido de tamaño! Se desvaneció, pero el tiempo era cruel y no esperaba, seguía, avanzaba.

Él vio caer el cuadro, sin embargo no le prestó mayor atención, supuso que quizás alguien lo había pasado a llevar. Tenía la esperanza de regresar temprano a casa, sin embargo sobre su escritorio navegaban ingentes cantidades de papeles, que debía archivar para el día siguiente,  si no lograba terminar, corría el riesgo de que llegara a sus manos el temido sobre azul.

La puerta del departamento se abrió, cuando la luna se encontraba en su punto máximo, y entonces todo pareció avanzar más rápido que el tic-tac del reloj. Samuel buscaba ansioso en la oscuridad, ¡Era extraño que no fuera ella quien asomara la nariz a la puerta antes, para recibirlo con un cálido abrazo!  Tropezó con la ropa a la entrada de la habitación, y en medio de la desesperación encendió la luz  ¡Y Dios…, qué alivio sintió al verla sobre la cama!
Sin saber cómo reaccionar ante tan perfecta belleza un poco opacada, pronunció su nombre con un tono de pregunta, de súplica, de sorpresa, de un montón de cosas que incluso hoy, años después aún no es capaz de descifrar. –Julieta…–

Tregua al olvido.

Anoche mi cuerpo
ha implorado el tuyo,
¡Imaginándote el espectro!
recreándose en tu eco,
desasiéndose en tu aroma.

En medio del desvelo,
ha moldeado colchón y almohada
tu silueta desmarcada,
pre-picada en los recuerdos.

De besos tu ausencia ha cubierto,
olvidando que soy yo, control
de acto y gesto.

¡Tarde lo he notado!
En medio de delirio,
y arrebato…
se ha desposeído,
violando mi control,
olvidando mi mesura.

¡Se ha ido enloquecido
tras tu rastro, que hoy no abunda!

Se perfectamente que no tienes idea. 

Creo saber que caminas por el paseo de la ignorancia,

Imagino  pensar que mis mañas por lo menos sabes,

Tú y yo… ¿conocernos? No estoy segura.

Y así termino…Confusa ante la idea, de considerar verdaderas tus mentiras,

Y mentiras mis verdades.


(Inspirado en el autorretraro de Neruda)

Por mi parte soy o creo ser dura de carácter,
mínima de muñecas, escasa de pechos,
creciente de caderas,
larga de dedos, ancha de espalda,
blanca de tez, generosa de pecas,
imposible de dietas,
confusa de argumentos,
tierna por naturaleza, lenta para comer,
inoxidable de miradas, aficionada a la luna, poemas,
olores, admiradora
de rostros, caminante de cerros,
torpe al caminar, soñadora a perpetuidad,
amiga del día, muda en la noche,
entrometida entre amigos,
maleducada en familia,
tímida en reuniones,
arrepentida al comer, horrenda en modales,
navegante de cielos
y yerbatera de mate,
discreta en secretos,
afortunada de vida,
investigadora de insectos, oscura
en la tristeza, melancólica en la lluvia,
incansable con el lápiz,
lentísima en ideas, ocurrente años después,
vulgar de vez en cuando,
resplandeciente de ojos,
monumental de olvido,
tigre de enojo, sosegada
en el amor, inspectora de sueños,
trabajadora desordenada,
tranquila, valiente por necesidad,
cobarde de nacimiento, pensante de vocación,
amable por cortesía,
activa por gusto,
distraída por herencia
y tonta por las palabras.

Era de madrugada, recuerdo el pesar de aquella espera tan agobiante, el miedo llegaba a las entrañas como estrujando el poquito entusiasmo que quedaba.
El café parecía estar más amargo que el de costumbre. En ese momento no tenía ninguna certeza, salvo que pendía entre tus manos. 
¡Y hay que ver el vértigo que da! 
Igual que saltar en Benji. Entonces cuando parecieras llegar al suelo y estamparte de cara en el, la cuerda tira y tá que alivio 
¡¡La cuerda ha tirado y en el momento menos esperado!!

Intentabas seguir un paso mío con rapidez…
Y sólo recién a los cinco pasos lograbas tu meta…
Yo, te miraba entretenida…
Mientras me preguntaba cuándo sería el día en que cinco pasos míos hicieran uno tuyo.

Difuminabas sin cuidado… aquel sentimiento tan fuerte.
Casi lo borrabas, con el dedo lastimero e incansable.
Reías. Mientras yo miraba el suelo…
Miraba el suelo enajenada con un dolor descomunal.

Parecías una Hiena, burlesca, atolondrada
Y con las neuronas desparramadas.

Me preguntaba… ¡Y aún!
Si acaso en aquella cavidad, donde tiene espacio un órgano esencial…
Tú, ¿Tienes quizás ese órgano que te ayuda a pensar?

Era tan rutinaria aquella vía de escape,
Escapar del colegio para volver al día siguiente.
Un verdadero circulo vicioso.

Aquella calle larga y ancha que parecía nunca acabar.
El sol hacía sudar mi cuerpo,
Y la luz cegaba mis ojos.

Los autos pasaban seguidos unos tras otros,
Con ese ruido ensordecedor que las micros
 Parecían aumentar a modo de burla.

¡Un minuto de silencio era lo que pedía!
Un minuto de silencio para ver si había algo más que una triste rutina...

Entonces como si alguien me hubiese escuchado…
No había autos y el silencio era dulce…
¡Dulcemente apacible!


Se podía escuchar el tranquilo tinar de los pájaros…
Que ahora nadie podía interrumpir.
La brisa me abofeteaba la cara tenuemente.

Y como si fuera poco…
Aquel aroma tan banal que llamaba mi atención desde pequeña…
Pasto recién cortado.
Me hacía recordar esas tardes de domingo,
En que mi padre solía “jardienar”


No duraría toda la vida, los autos nuevamente
Comenzaban a circular…
Pero yo estaba feliz con aquel pequeño segundo.
En que el mundo parecía haberse estancado…

¡Alguien lo había detenido… solo para mí!

 Vomito Literario.

Hoy día.
Dulce venado raíces verde ADN silla color aceite amor

inecuaciones dolor suspiro corazón arte Platón sonido 
fotografía sal Chile papel rosado asco fuego agua oído auto
expresión fractura lápiz Watón ratón tomate tierra perro nubes
letras aire celeste relámpago temor montañas mal caminar
abrazar risa en mute caramelo flores ojos guitarra
zapatillas hora sonrisa extravagancia lunar pluma huevo recuerdo
pascua metal vaca dientes rizos cobriza arcaica columna ensayo decepción
película adhesiva coyac puntos lasaña cariño adrenalina montaje visión perdedor
where is the love Sholder continente baile guayaba Virginia pie
luna visita satisfacción olor cóndor rojo ladrillo reja paloma ventana
luz plástico ráfaga fugaz playa turquesa foca jirafa antena virus
coma espacio lenteja berenjena maitencillo tsunami rueda perno
loosers conejo números eme bebe cable dos  yo sintonización
armonizado tina relajación portada mapuche flecha
etcétera raza Latinoamérica sangre unión guerra puntas
calles columpios noche arena estrellas aros cejas reglas
dibujos goma amigos.


Es él, él.
Allí está de pie y mirándola. Su presencia anula de golpe los largos años baldíos, las horas, los días que el destino interpuso entre ellos dos, lento, oscuro, tenaz.
Te recuerdo, te recuerdo adolescente. Recuerdo tu pupila clara, tu tez de rubio curtida por el sol de la hacienda, tu cuerpo entonces, afilado y nervioso.

Fue en uno de aquellos locos mediodía, cuando, desde la cumbre de un haz, mi hermana me precipitó a traición sobre una carreta, desbordante de gavillas, donde tu venias recostado.
Me resignaba ya a los peores malos tratos o a las más crueles burlas, según tu capricho del momento, cuando reparé que dormías. Dormías, y yo, coraje inaudito, me extendí en la paja a tu lado, mientras guiados por el peón Aníbal los bueyes proseguían lentos un itinerario para mi desconocido.
Muy pronto quedó atrás el jadeo desgarrado de la trilladora, muy pronto el chillido estridente de las cigarras cubrió el rechinar de las pesadas ruedas de nuestro vehículo.
Apegada a tu cadera, contenía la respiración tratando de aligerarte mi presencia. Dormías, y yo te miraba presa de una intensa emoción, dudando casi de lo que veían mis ojos: ¡Nuestro cruel tirano yacía indefenso a mi lado!.
Aniñado, desarmado por el sueño, ¿me pareciste de golpe infinitamente frágil? La verdad es que no acudió a mí una sola idea de venganza.
Tú te revolviste suspirando, y, entre la paja, uno de tus pies desnudos vino a enredarse con los míos.
Y yo no supe cómo el abandono de aquel gesto pudo despertar tanta ternura en mí, ni por qué me fue tan dulce el tibio contacto de tu piel.


Atardecía cuando irrumpiste en el comedor. Yo me hallaba sola, reclinada en el diván, aquel horrible diván de cuero oscuro que cojeaba, ¿recuerdas?
Traías el torso semidesnudo, los cabellos revueltos y los pómulos encendidos por dos chapas rojizas.
-"Agua".ordenaste. Yo no atiné sino a mirarte aterrorizada.
Entonces, desdeñoso, fuiste al aparador y groseramente empinaste la jarra de vidrio, sin buscar tan siquiera un vaso.
Me arrimé a ti. Todo tu cuerpo despedía calor, era una brasa.
Guiada por un singular deseo acerqué a tu brazo la extremidad de mis dedos siempre helados. Tú dejaste súbitamente de beber, y asiendo mis dos manos, me obligaste a aplastarlas contra tu pecho.
Tu carne quemaba.
Recuerdo un intervalo durante el cual percibí el zumbido de una abeja perdida en el techo del cuarto.
Un ruido de pasos te movió a desasirte de mí, tan violentamente, que tambaleamos. Veo ahí tus manos crispadas sobre la jarra de agua que te habías apresurado a recoger.


(María Luisa Bombal)

Si, tú ingenuo collar de pájaros...


Altos surtidores en los que el agua canta. Sus dieciocho años, sus trenzas castañas que desatadas le llegaban hasta los tobillos, su tez dorada, sus ojos oscuros tan abiertos y como interrogantes. Una pequeña boca de labios carnosos, una sonrisa dulce y el cuerpo más liviano y gracioso del mundo. ¿En qué pensaba, sentada al borde de la fuente? En nada. «Es tan tonta como linda» decían. Pero a ella nunca le importó ser tonta ni hacer el ridículo en los bailes. Una a una iban pidiendo en matrimonio a sus hermanas. A ella no la pedía nadie.

«Eres un collar. Le decía Luis. Eres como un collar de pájaros». Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa. Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto...

.No tienes corazón, no tienes corazón. Solía decirle a Luis. Latía tan adentro el corazón de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de modo inesperado… Nunca estás conmigo cuando estás a mi lado. Protestaba en la alcoba, cuando antes de dormirse él abría ritualmente los periódicos de la tarde… ¿Por qué te has casado conmigo? .Porque tienes ojos de venadito asustado. Contestaba él y la besaba.

(María Luisa Bombal)

No te voy a negar que un día me imaginé en tus brazos…

…que tus dedos se entrelazaban con los míos…
…que mi mirada se difuminaba en la tuya…
…¡que mis labios pronunciaban tu nombre!...
¡Y que tú susurrabas el mío!