Fragilidad.
Vestía
lencería fina, adquirida en alguna liquidación de tiendas que ofrecían
productos de final de temporada, quizás de primavera por las flores estampadas
que tenía el conjunto.
La
focalización cero parecería servir en estas ocasiones pero la verdad, a veces
uno como narrador quisiera saber ciertas cosas y dejar en silencio o más bien,
no saber otras.
Era
imposible no mirar a través de sus ojos enrojecidos los triviales pensamientos
que quitaban espacio a lo que realmente merecía la pena abarcar. Trastabillando
daba vueltas cual alma errante por la casa, haciendo, deshaciendo, dejando
inconcluso todo.
Debía
recoger la ropa de la lavandería, ir a ordenar los archivos pendientes de
accidentes que había dejado en la oficina de seguros. ¡Debía hacer un millón de
cosas!, lavar platos, hacer la cama, doblar la ropa, alimentar a Elvis -que
corría por ahí moviendo la cola-, trapear el comedor, resucitar las ganas de
vivir, cocinar para cuando llegara Samuel… - ¡Samuel! De sólo pensar en el
nombre, en su rostro sosegado; le venían esas profundas ganas de llorar por ese
dolor lacerante que le acechaba el corazón como animal salvaje. ¡Su vientre, su
vientre fértil había disminuido de tamaño! Se desvaneció,
pero el tiempo era cruel y no esperaba, seguía, avanzaba.
Él
vio caer el cuadro, sin embargo no le prestó mayor atención, supuso que quizás
alguien lo había pasado a llevar. Tenía la esperanza de regresar temprano a
casa, sin embargo sobre su escritorio navegaban ingentes cantidades de papeles,
que debía archivar para el día siguiente, si no lograba terminar, corría el riesgo de
que llegara a sus manos el temido sobre azul.
La
puerta del departamento se abrió, cuando la luna se encontraba en su punto
máximo, y entonces todo pareció avanzar más rápido que el tic-tac del reloj.
Samuel buscaba ansioso en la oscuridad, ¡Era extraño que no fuera ella quien
asomara la nariz a la puerta antes, para recibirlo con un cálido abrazo! Tropezó con la ropa a la entrada de la
habitación, y en medio de la desesperación encendió la luz ¡Y Dios…, qué alivio sintió al verla sobre la
cama!
Sin
saber cómo reaccionar ante tan perfecta belleza un poco opacada, pronunció su
nombre con un tono de pregunta, de súplica, de sorpresa, de un montón de cosas
que incluso hoy, años después aún no es capaz de descifrar. –Julieta…–