lunes, 5 de diciembre de 2016

Jamás me ataco la desesperación de un insomnio prolongado y desgarrador, por lo menos, no hasta que las carreras nocturnas acabaron, y entonces, no solo el peso de mi cuerpo cargaba en mi espalda atrofiada, sino también el peso de todas esas noches que me recordaban que muy dentro a pesar de la luz del sol, me estremecía una oscuridad que no sabía manejar.

 No es secreto que por la noche, fragilidad y la oscuridad se intensifican más.
Me pierdo constantemente en las sombras inteligibles del manto negro, sin poder distinguir entre ellas diferencia alguna, y sin embargo, pese a tanta oscuridad percibo el ardiente de deseo de explotar, de estallar en miles de partículas lumínicas que no dejen a nadie exento de este padecer; oscuro, tenebroso, y a la vez pasional y lleno de vida.

 Sufrir, deshidratar, desgarrar, gritar, y morir, para luego volver a la vida, llena de ganas de volver a desfallecer, pero sabiendo que sentir siempre fue la razón, que volver siempre fue la opción.