jueves, 12 de diciembre de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
Fragilidad.
Vestía
lencería fina, adquirida en alguna liquidación de tiendas que ofrecían
productos de final de temporada, quizás de primavera por las flores estampadas
que tenía el conjunto.
La
focalización cero parecería servir en estas ocasiones pero la verdad, a veces
uno como narrador quisiera saber ciertas cosas y dejar en silencio o más bien,
no saber otras.
Era
imposible no mirar a través de sus ojos enrojecidos los triviales pensamientos
que quitaban espacio a lo que realmente merecía la pena abarcar. Trastabillando
daba vueltas cual alma errante por la casa, haciendo, deshaciendo, dejando
inconcluso todo.
Debía
recoger la ropa de la lavandería, ir a ordenar los archivos pendientes de
accidentes que había dejado en la oficina de seguros. ¡Debía hacer un millón de
cosas!, lavar platos, hacer la cama, doblar la ropa, alimentar a Elvis -que
corría por ahí moviendo la cola-, trapear el comedor, resucitar las ganas de
vivir, cocinar para cuando llegara Samuel… - ¡Samuel! De sólo pensar en el
nombre, en su rostro sosegado; le venían esas profundas ganas de llorar por ese
dolor lacerante que le acechaba el corazón como animal salvaje. ¡Su vientre, su
vientre fértil había disminuido de tamaño! Se desvaneció,
pero el tiempo era cruel y no esperaba, seguía, avanzaba.
Él
vio caer el cuadro, sin embargo no le prestó mayor atención, supuso que quizás
alguien lo había pasado a llevar. Tenía la esperanza de regresar temprano a
casa, sin embargo sobre su escritorio navegaban ingentes cantidades de papeles,
que debía archivar para el día siguiente, si no lograba terminar, corría el riesgo de
que llegara a sus manos el temido sobre azul.
La
puerta del departamento se abrió, cuando la luna se encontraba en su punto
máximo, y entonces todo pareció avanzar más rápido que el tic-tac del reloj.
Samuel buscaba ansioso en la oscuridad, ¡Era extraño que no fuera ella quien
asomara la nariz a la puerta antes, para recibirlo con un cálido abrazo! Tropezó con la ropa a la entrada de la
habitación, y en medio de la desesperación encendió la luz ¡Y Dios…, qué alivio sintió al verla sobre la
cama!
Sin
saber cómo reaccionar ante tan perfecta belleza un poco opacada, pronunció su
nombre con un tono de pregunta, de súplica, de sorpresa, de un montón de cosas
que incluso hoy, años después aún no es capaz de descifrar. –Julieta…–
Tregua al olvido.
Anoche
mi cuerpo
ha
implorado el tuyo,
¡Imaginándote
el espectro!
recreándose
en tu eco,
desasiéndose
en tu aroma.
En
medio del desvelo,
ha
moldeado colchón y almohada
tu silueta desmarcada,
pre-picada en los recuerdos.
De
besos tu ausencia ha cubierto,
olvidando
que soy yo, control
de
acto y gesto.
¡Tarde
lo he notado!
En
medio de delirio,
y arrebato…
se
ha desposeído,
violando
mi control,
olvidando
mi mesura.
¡Se
ha ido enloquecido
tras
tu rastro, que hoy no abunda!
(Inspirado en el
autorretraro de Neruda)
Por mi parte soy o
creo ser dura de carácter,
mínima de muñecas,
escasa de pechos,
creciente de caderas,
larga de dedos, ancha
de espalda,
blanca de tez,
generosa de pecas,
imposible de dietas,
confusa de
argumentos,
tierna por
naturaleza, lenta para comer,
inoxidable de
miradas, aficionada a la luna, poemas,
olores, admiradora
de rostros, caminante
de cerros,
torpe al caminar,
soñadora a perpetuidad,
amiga del día, muda
en la noche,
entrometida entre
amigos,
maleducada en
familia,
tímida en reuniones,
arrepentida al comer,
horrenda en modales,
navegante de cielos
y yerbatera de mate,
discreta en secretos,
afortunada de vida,
investigadora de
insectos, oscura
en la tristeza,
melancólica en la lluvia,
incansable con el
lápiz,
lentísima en ideas,
ocurrente años después,
vulgar de vez en
cuando,
resplandeciente de
ojos,
monumental de olvido,
tigre de enojo,
sosegada
en el amor,
inspectora de sueños,
trabajadora
desordenada,
tranquila, valiente
por necesidad,
cobarde de
nacimiento, pensante de vocación,
amable por cortesía,
activa por gusto,
distraída por
herencia
y tonta por las
palabras.
Era de madrugada,
recuerdo el pesar de aquella espera tan agobiante, el miedo llegaba a las
entrañas como estrujando el poquito entusiasmo que quedaba.
El café parecía
estar más amargo que el de costumbre. En ese momento no tenía ninguna certeza,
salvo que pendía entre tus manos.
¡Y hay que ver el vértigo que da!
Igual que
saltar en Benji. Entonces cuando parecieras llegar al suelo y estamparte de cara
en el, la cuerda tira y tá que alivio
¡¡La cuerda ha tirado y en el momento
menos esperado!!
Difuminabas sin
cuidado… aquel sentimiento tan fuerte.
Casi lo borrabas, con
el dedo lastimero e incansable.
Reías. Mientras yo
miraba el suelo…
Miraba el suelo
enajenada con un dolor descomunal.
Parecías una Hiena,
burlesca, atolondrada
Y con las neuronas
desparramadas.
Me preguntaba… ¡Y
aún!
Si acaso en aquella
cavidad, donde tiene espacio un órgano esencial…
Tú, ¿Tienes quizás
ese órgano que te ayuda a pensar?
Era tan rutinaria aquella vía de escape,
Escapar del colegio para volver al día siguiente.
Un verdadero circulo vicioso.
Aquella calle larga y ancha que parecía nunca acabar.
El sol hacía sudar mi cuerpo,
Y la luz cegaba mis ojos.
Los autos pasaban seguidos unos tras otros,
Con ese ruido ensordecedor que las micros
¡Un minuto de silencio era lo que pedía!
Un minuto de silencio para ver si había algo más que una
triste rutina...
Entonces como si alguien me hubiese escuchado…
No había autos y el silencio era dulce…
¡Dulcemente apacible!
Se podía escuchar el tranquilo tinar de los pájaros…
Que ahora nadie podía interrumpir.
La brisa me abofeteaba la cara tenuemente.
Y como si fuera poco…
Aquel aroma tan banal que llamaba mi atención desde pequeña…
Pasto recién cortado.
Me hacía recordar esas tardes de domingo,
En que mi padre solía “jardienar”
No duraría toda la vida, los autos nuevamente
Comenzaban a circular…
Pero yo estaba feliz con aquel pequeño segundo.
En que el mundo parecía haberse estancado…
¡Alguien lo había detenido… solo para mí!
Vomito Literario.
Hoy día.
Dulce venado raíces verde ADN silla color aceite amor
inecuaciones dolor suspiro corazón arte Platón sonido
fotografía sal Chile papel rosado asco fuego agua oído auto
expresión fractura lápiz Watón ratón tomate tierra perro nubes
letras aire celeste relámpago temor montañas mal caminar
abrazar risa en mute caramelo flores ojos guitarra
zapatillas hora sonrisa extravagancia lunar pluma huevo recuerdo
pascua metal vaca dientes rizos cobriza arcaica columna ensayo decepción
película adhesiva coyac puntos lasaña cariño adrenalina montaje visión perdedor
where is the love Sholder continente baile guayaba Virginia pie
luna visita satisfacción olor cóndor rojo ladrillo reja paloma ventana
luz plástico ráfaga fugaz playa turquesa foca jirafa antena virus
coma espacio lenteja berenjena maitencillo tsunami rueda perno
loosers conejo números eme bebe cable dos tú yo sintonización
armonizado tina relajación portada mapuche flecha
etcétera raza Latinoamérica sangre unión guerra puntas
calles columpios noche arena estrellas aros cejas reglas
dibujos goma amigos.
Es él, él.
Allí está de pie y
mirándola. Su presencia anula de golpe los largos años baldíos, las horas, los
días que el destino interpuso entre ellos dos, lento, oscuro, tenaz.
Te recuerdo, te
recuerdo adolescente. Recuerdo tu pupila clara, tu tez de rubio curtida por el
sol de la hacienda, tu cuerpo entonces, afilado y nervioso.
Fue en uno de
aquellos locos mediodía, cuando, desde la cumbre de un haz, mi hermana me
precipitó a traición sobre una carreta, desbordante de gavillas, donde tu
venias recostado.
Me resignaba ya a los
peores malos tratos o a las más crueles burlas, según tu capricho del momento,
cuando reparé que dormías. Dormías, y yo, coraje inaudito, me extendí en la
paja a tu lado, mientras guiados por el peón Aníbal los bueyes proseguían
lentos un itinerario para mi desconocido.
Muy pronto quedó
atrás el jadeo desgarrado de la trilladora, muy pronto el chillido estridente
de las cigarras cubrió el rechinar de las pesadas ruedas de nuestro vehículo.
Apegada a tu cadera,
contenía la respiración tratando de aligerarte mi presencia. Dormías, y yo te
miraba presa de una intensa emoción, dudando casi de lo que veían mis ojos:
¡Nuestro cruel tirano yacía indefenso a mi lado!.
Aniñado, desarmado
por el sueño, ¿me pareciste de golpe infinitamente frágil? La verdad es que no
acudió a mí una sola idea de venganza.
Tú te revolviste
suspirando, y, entre la paja, uno de tus pies desnudos vino a enredarse con los
míos.
Y yo no supe cómo el
abandono de aquel gesto pudo despertar tanta ternura en mí, ni por qué me fue
tan dulce el tibio contacto de tu piel.
Atardecía cuando
irrumpiste en el comedor. Yo me hallaba sola, reclinada en el diván, aquel
horrible diván de cuero oscuro que cojeaba, ¿recuerdas?
Traías el torso
semidesnudo, los cabellos revueltos y los pómulos encendidos por dos chapas
rojizas.
-"Agua".ordenaste.
Yo no atiné sino a mirarte aterrorizada.
Entonces, desdeñoso,
fuiste al aparador y groseramente empinaste la jarra de vidrio, sin buscar tan
siquiera un vaso.
Me arrimé a ti. Todo
tu cuerpo despedía calor, era una brasa.
Guiada por un
singular deseo acerqué a tu brazo la extremidad de mis dedos siempre helados.
Tú dejaste súbitamente de beber, y asiendo mis dos manos, me obligaste a
aplastarlas contra tu pecho.
Tu carne quemaba.
Recuerdo un intervalo
durante el cual percibí el zumbido de una abeja perdida en el techo del cuarto.
Un ruido de pasos te
movió a desasirte de mí, tan violentamente, que tambaleamos. Veo ahí tus manos
crispadas sobre la jarra de agua que te habías apresurado a recoger.
(María Luisa Bombal)
Si, tú ingenuo collar de pájaros...
Altos surtidores en los que el agua canta. Sus dieciocho
años, sus trenzas castañas que desatadas le llegaban hasta los tobillos, su tez
dorada, sus ojos oscuros tan abiertos y como interrogantes. Una pequeña boca de
labios carnosos, una sonrisa dulce y el cuerpo más liviano y gracioso del
mundo. ¿En qué pensaba, sentada al borde de la fuente? En nada. «Es tan tonta
como linda» decían. Pero a ella nunca le importó ser tonta ni hacer el ridículo
en los bailes. Una a una iban pidiendo en matrimonio a sus hermanas. A ella no
la pedía nadie.
«Eres un collar. Le decía Luis. Eres como un collar de
pájaros». Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre
solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona
y perezosa. Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había
casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué
se marchó ella un día, de pronto...
.No tienes corazón, no tienes corazón. Solía decirle a Luis.
Latía tan adentro el corazón de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de
modo inesperado… Nunca estás conmigo cuando estás a mi lado. Protestaba en la
alcoba, cuando antes de dormirse él abría ritualmente los periódicos de la
tarde… ¿Por qué te has casado conmigo? .Porque tienes ojos de venadito
asustado. Contestaba él y la besaba.
(María Luisa Bombal)
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