Por Miguel Fauré
miércoles, 14 de octubre de 2015
Usted, la alegría.
No te sale jugar a las escondidas. Eres pésima camuflándote: no existió la más mínima posibilidad de que no te viese. No pudiste ser un fantasma. Porque estabas ahí, como ocultándote, como si esa vez - y todas las veces que vendrían- no pudiera yo darme cuenta de ti. Pero no escapaste. No te hiciste la invisible. Y desde esa primera cara de quien se pierde en el techo sin poder concentrarse, desde esa primera mueca de falta de sueño, usted no dejó de ser la única a la que podía yo mirar. Usted dejó al mundo entre paréntesis: (otras caras) (otras voces) (otros días, sólo el miércoles) (otros nombres... otro instante más que esas horas). Insisto, no sabes ser una más. no sirves para pasar por la vida sin que te vean quienes saben ver. No sacas nada con intentarlo, tal como te vi, te verán. Y les dejarás la vida en supenso durante un momento -breve, quizás- que dure tu estar ahí tu sonreír ahí. Tu loca, desordenada y adictiva presencia. Caótica, inquieta y viva. Como si fueses, tú misma, la alegría. Mi alegría.
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